Minuto de domingo – Leandro Gabilondo, una persona que escribe
Entrevista a Leandro Gabilondo
Especial de Diego Amaya para Minuto del domingo
Leo es de Arrecifes, acá nació y se crió y con el andar de los años y de la palabra ahora es de un montón de lugares. Es de las paredes y las remeras que se pintaron con sus versos y es también de las pieles que llevan dibujadas para siempre eso de que «la primera/ independencia/ es leer». Al respecto, Leo dice sentir «orgullo que la palabra se haga eco de espacios así. Me genera un burbujeo en la sangre, es fuerte. Me da una alegría total, pero a la vez me hace sentir cierta responsabilidad, no sé, es complejo de explicar. Me pongo insoportable con el agradecimiento, porque realmente no sé cómo reaccionar ante algo así«.
Con el éxito de Kerosene de lo posible que va ya por su tercera edición y pide cuarta todavía latiendo, acaba de editarse su primera novela: «Falta una vida para el verano» ya tuvo su presentación en Capital y el 15 de diciembre en la sede del Club Obras Sanitarías será presentada en Arrecifes. «Va a ser a las 21:00 horas en glorioso Barrio Las Flores. Mi lugar en el mundo. Así que ahí estaremos junto a la vagancia de SOMOS CAOS, un taller de lectura y escritura que coordino en el Centro Cultural del Club, cada quince días. Es un espacio maravilloso el que se generó. Y ese espíritu tendrá la presentación, como fue en Capital, alegría de defender la palabra y compartirla, una noche parecida a la vida de los personajes de la novela: cumbia y abrazos inabarcables. Será un fiestón. Así lo vivo yo«.
Pero para llegar a este hoy en el que la novela está haciendo su camino, pasaron más de cuatro años de trabajo. O más, si se toma como inicio los primeros contactos con la literatura cuando tenía trece años y una profe de literatura, Gladys Bianchini, le prestó «Deshoras» de Cortázar y le abrió un mundo de fascinación eterno e inagotable. «Leí ese libro en una tarde invierno y desde ahí empecé a sacar bocha de libros de la biblioteca de la escuela. Recuerdo con mucho cariño ese lugar. Me morfé toda la literatura del Boom y me enloquecí con Jack London. Me sentía invencible».
– ¿Cuál fue el primer libro que pusiste cuando tuviste tu biblioteca propia?
– En mi casa familiar nunca hubo una biblioteca. De hecho, la que está ahora la armé yo, de a poco, a la par de la mía. Tarea muy compleja pero hermosa. En la infancia mi mamá me compraba algún que otro libro, como por ejemplo: El flautista de Hamelin. Pero lo hacía porque me sacó la ficha: a mí me importaba mucho decir, buscaba eso, decir.
– ¿En tu casa había «otra literatura»?
Si, la que vive en la lírica de la cumbia de los noventa, la de los cantautores ochentosos que escuchaban mi papá y mi mamá, incluso, con los versos de canciones como Loco tu forma de ser. Y así. Como pude.
– ¿Y cuándo nació el escritor?
– Desde el final de la primaria. Escribía una cosa amorfa entre poesía y ensayo. Todo un viaje mental y emocional corte: ¿Qué es la libertad? ¿Qué es el tiempo? Un delirio existencial que hoy me da gracia, pero le tengo mucho respeto a ese púber curioso. Me enseña hasta hoy. También, antes de terminar la secundaria tuve una época de escribir en formato cuento tradicional. Me los tipeaba mi amiga Luli en su PC porque en mi casa no había. Eran malísimos esos cuentos, pero aguante.
– ¿Ser escritor, entonces, fue una decisión?
– No sé si lo decidí. Lo que sí sentí desde la infancia es que estaba enamorado de la literatura. Más de grande me di cuenta de que eso que sentía cuando leía o intentaba escribir era amor. La adrenalina buena, el burbujeo de la sangre y la convivencia con la frustración. A todo eso no lo cambio por nada. No me imagino mi vida sin la literatura.
– ¿Cuál es tu búsqueda cuando escribís un poema?
Que la palabra gire, vuelva, y gire de nuevo me parece genial. En el formato que sea. El libro sólo es un recurso para eso, también está lleno de fanzines o de blogs maravillosos, o bien, personas que tienen textos muy potentes en un disco rígido o un cuaderno. Soy defensor de todo tipo de oportunidad para que la palabra se comparta.
Para mí la poesía es el idioma de lo intangible, una sublevación concreta ante lo establecido. Supongo que en esa rebeldía nace la belleza, qué sé yo. Ver una Pelopincho llena y sentir, de forma certera, que eso también es el mar, que las olitas contra la lona tirante pueden llegar hasta cualquier orilla.
Leo, vivió y estudió en Rosario, pero desde 2007 vive en Capital Federal. Fue frontman de la banda de rock Soldaditos durante más de 10 años, trabajó como colaborador de Miradas al Sur y de Ni un paso atrás, la revista de Madres de Plaza de Mayo y actualmente coordina Torito Cerviño, taller de lectura y escritura. Lleva publicados seis libros: «Delivery con lluvia», poesía, Espiral Calipso, 2012; «Retiro», poesía, Espiral Calipso, 2013; «La Pertenencia», relatos, Espiral Calipso, 2015, «Kerosene de lo posible», poesía, Caleta Olivia, 2017 y «Treinta», poesía, Larvas Marcianas, 2017. Y en este 2018 llegó «Falta una vida para el verano», editada a través de Indómita Luz.
– ¿Cómo fue el proceso de gestación de la novela?
– Siempre quise escribir esta novela. En realidad, una novela. Fue mi objetivo, creo, desde que aprendí a leer. De hecho, escribí dieciséis capítulos de otra y la dejé ahí, por la mitad. No me cerraba. Hasta que llegó lo que hoy es Falta una vida para el verano, título que encontré en los últimos meses de corrección. Tarde cuatro años en escribirla, es decir, primero nació la trama y hasta que no supe exactamente todo lo que iba a pasar, no escribí ni una línea de las que hoy están en el libro. Les tengo semejante cariño a los personajes que no sentí ningún apuro, disfruté muchísimo el proceso. A la literatura lo que más le agradezco, además de la sensación de libertad, es que me enseñó a tener paciencia. Me parece recontra suficiente.
– ¿Cuáles fueron las primeras devoluciones que recibiste de aquellos a quiénes los mostraste la novela primero?
– Las primeras devoluciones que recibí de personas cercanas que quiero fue muy buena. Eso me entusiasmó mucho. Siempre en el proceso de escritura se lo muestro a personas que quiero y admiro, personas con el criterio y la honestidad para decirme: “me encanta” o “sentate y seguí laburando porque no va para ningún lado”. Precisamente, esas son las personas que más suman, de las que hay que rodearse. Por suerte me pasa y aprendo muchísimo todo el tiempo. La trabajé al detalle en taller, mis compañeros y mis compañeras fueron de suma importancia. Compartir la palabra, el ir y venir que nos completa. Convivir con la frustración es clave. Y yo me llevo bastante bien con eso. Estoy enamorado de la literatura. En las malas mucho más.
– ¿Qué esperas que pase con «Falta una vida para el verano»?
De corazón, de la literatura nunca espero nada, por eso me pone tan feliz cuando toma repercusión lo que hago. A mí me alcanza con leer y escribir, con pensar tramas, versos, pelearme con la voz del narrador, con un recurso que aburre, no sé. Entonces, cuando me cuentan que los libros se venden en todo el país, cuando lectores me escriben para contarme lo que sintieron, que se conmueven con los poemas o aman a tal personaje, no sé, siento una felicidad rarísima. Elijo quedarme en ese lugar para no perder de vista lo que más me importa: leer y escribir.
– ¿Una vez publicada la dejás ir y ya estás con la cabeza y el corazón en nuevos proyectos o hay un tiempo en el qué quedás pegado a los pasos que va dando?
– Dejo que la novela siga su camino. Cuido su recorrido, claro, me interesa saber si se distribuye bien o no, porque si alguien busca el libro, sea quien sea, me genera un respeto enorme. Pero dejo que la historia se mueva a su modo, el boca en boca, lo que transmite, desde lo estético, lo ético, lo estrictamente literario, desde la belleza, todo, es algo que ya debe defenderse solo, ahí está el texto, cada persona que lea lo sentirá a su modo. Y ya.
– ¿Cómo escritor, tener novela te ubica en otro lugar, uno de mayor importancia?
– No sé si escribir una novela me ubica en otro lugar. No creo, incluso, no quiero. Como decía Hebe Uhart: “No hay escritor, hay personas que escriben”. Bueno, eso. Leo, disfruto mucho ese momento tan único con el mundo, estar con los ojos y el corazón en el libro. Como consecuencia de esa sensación, escribo. No hay nada sacro en escribir. Es una actividad más. Me molesta que se la eleve a un lugar de preponderancia. ¿Qué queda para alguien que construye una pared y levanta una casa?
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