El ocaso del varieté kirchnerista
“Hoy como ayer,
necesitamos olvido y el placer
de ver a los artistas,
esos ilusionistas
que hacen el mundo desaparecer”.
Vaya a saber porqué, vino de improviso a mi mente la música de esa melancólica canción de María Elena Walsh titulada “El viejo varieté”; y vaya a saber porque, me pareció también encontrar ciertas similitudes entre lo que cuenta su letra y lo que fue en estos años la “actuación” del kirchnerismo, más parecido hoy a una banda en fuga que a lo que fueron hasta apenas ayer: una falange de prepotentes con pretensiones de eternidad.
Para quienes no la conozcan o no la recuerden bien, la canción de Maria Elena habla de esa forma artística conocida como varieté o music hall, espectáculos hechos con muy poco y nada (frac trajinado, harapos de lamé, cartón pintado y un fondo musical como enumera la autora) y montados con la finalidad que el espectador olvide -al menos por unos instantes- la dura realidad.
Al principio los ilusionistas del varieté K no hicieron mal lo suyo, el problema es que se tomaron muy en serio eso de “hacer desaparecer el mundo”, de darle un poco de ilusión al espectador. Una cosa era que olvidaran por un momento la realidad y otra hacerla desaparecer para siempre suplantándola por una realidad paralela donde no hay inflación, no existe inseguridad, ni desocupados, ni….
Hablé de similitudes, pero también debo marcar diferencias entre los artistas K y los del viejo varieté. Estos últimos creaban su mundo mágico con muy poco: cartón pintado y un fondo musical para resumir lo que dice la canción. Los K en cambio y acorde a su lema de “Nunca menos”, echaron mano para su puesta en escena a todo el arsenal que los medios de comunicación audiovisual ofrecen en la actualidad.
Se han escrito decenas de artículos y creo que hasta algún libro acerca de cómo se diseñaba la estética, la escenografía, el manejo de las cámaras y hasta la elección de los “extras” (el público) para aquellos actos de ilusionismo transmitidos diariamente por cadena nacional, estrategia que llego a su climax en los festejos del Bicentenario con los saltinbanquis de Fuerza Bruta y el mentiroso relato de una Historia Argentina que empezaba el 25 de mayo de 2003 y donde San Martín y Belgrano eran poco menos que actores secundarios.
El otro gran error del elenco K fue creerse los únicos con derecho a ocupar el escenario. Olvidaron que el varieté es algo fugaz, que necesita nuevos actos para renovar la ilusión y que, por otra parte, el cabaret peronista es muy competitivo: si el que está actuando no logra arrancarle a la platea los aplausos necesarios, corre el riesgo de ser bajado del escenario sin más trámite.
Y así ocurrió, ahora el Director de Escena (digamos el público que voto el 27 de octubre) dispuso un cambio de cartelera. La Judy Garland de Santa Cruz tendrá que irse en el 2015 junto con su perrito y su peluche mientras entre bambalinas un nuevo Fred Astaire o el Nadie que aspira ser Gardel (llamémoslos Massa o Scioli) repasan sus rutinas y pintan con nuevos colores el cartón de la escenografía. Nuevas rutinas (o las mismas un poco modificadas) para renovar la ilusión del pueblo argentino, un “publico cautivo” fascinado desde hace setenta años más con las miserias del sórdido cabaret peronista que con la ingenua alegría del varieté al que le cantó María Elena.
Carlos R. Martinez
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